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Cien años de soledad
Sinopsis
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
1967, en Buenos Aires aparece la novela de un escritor colombiano de cuarenta años. No queda hoy lengua literaria a la que no haya sido traducida. «Cien años de soledad» no sólo cautiva a los lectores de cualquier condición: su impulso poderoso ha levantado las letras castellanas de todo un continente. Desvelar la magia de su prosa, acotar las arenas movedizas de su particular quehacer literario son tareas tan imposibles como dañinas; sí agradecerá el lector, en cambio, la aclaración de ciertas alusiones, la comprobación de la densidad que subyace a un texto aparentemente diáfano. No nos engañemos: son millones las páginas que han engendrado las de la novela, pero ante ella al lector no le queda otra actitud que la misma lectura devoradora y deslumbrada del último de los Aurelianos.
Cien años de soledad narra la epopeya de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo imaginario de Macondo, una comunidad que nace aislada y progresa entre hechos cotidianos y sucesos extraordinarios que rozan lo fantástico, formando un universo narrativo propio dentro del realismo mágico. La novela aborda la construcción de un linaje marcado por repeticiones: nombres, pasiones y errores que se vuelven patrones inevitables, como si el destino familiar se repitiera en ciclos que impiden cualquier desvío real hacia la liberación o la felicidad plena.
La historia arranca con José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán fundando Macondo tras huir de su pasado y de la posibilidad de un hijo con deformidad; desde ese germen familiar emergen amores, celos, pasiones, traiciones y proyectos grandiosos que alternan con episodios de locura y profecía. A lo largo de la narración aparecen personajes memorables —el coronel Aureliano Buendía, el gitano Melquíades, Amaranta, Rebeca y múltiples Aurelianos y José Arcadios— que encarnan a la vez singularidad y repetición, contribuyendo a la sensación de una saga donde lo personal y lo histórico se confunden constantemente.
Macondo vive transformaciones profundas: la llegada de la modernidad, las guerras civiles que arrastran al coronel Aureliano, episodios colectivos como la masacre de los trabajadores bananeros, y fenómenos naturales extraordinarios —entre ellos una lluvia torrencial que parece eterna— que afectan la memoria, la economía y la estructura social del pueblo. Estos sucesos, contados con un aire de maravilla y fatalidad, convierten a Macondo en un microcosmos donde lo sobrenatural se integra a la vida diaria y donde la soledad de los individuos se vuelve el eje trágico de la narrativa.
Hacia el final, la novela congrega las piezas sueltas en una revelación que vincula la historia familiar con unos pergaminos escritos por Melquíades, cuya lectura permite descifrar el ciclo de los Buendía y anticipa la desaparición definitiva de Macondo y de la estirpe condenada a repetir los mismos errores. La obra cierra con una sensación de clausura profética: la erupción de un destino ineludible que borra el pasado y pone punto final a la saga, dejando como herencia literaria una reflexión sobre la memoria, el tiempo y la soledad humana.
Autor
Gabriel García Márquez (1927-2014), nacido en Colombia, es una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura universal. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, fue, además de novelista, cuentista, ensayista, crítico cinematográfico, autor de guiones y, sobre todo, un intelectual comprometido con los grandes problemas de nuestro tiempo, y en primer término con los que afectaban a su amada Colombia y a Hispanoamérica en general. Máxima figura del llamado «realismo mágico», en el que historia e imaginación tejen el tapiz de una literatura viva, que respira por todos sus poros, fue en definitiva el hacedor de uno de los mundos narrativos más densos de significado que ha dado la lengua española en el siglo XX. Entre sus novelas más importantes figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, La mala hora, El general en su laberinto, el libro de relatos Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera y Diatriba de amor contra un hombre sentado. En el año 2002 publicó la primera parte de su autobiografía, Vivir para contarla; en 2004 volvió a la ficción con Memorias de mis putas tristes, y en 2012 sus relatos fueron recopilados en Todos los cuentos.
Citas
- “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
- “Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”.
- “Lo esencial es no perder la orientación. Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron salir de la región encantada”.
- «Terminó por perder todo contacto con la guerra. Lo que en otro tiempo fue una actividad real, una pasión irresistible de su juventud, se convirtió para él en una referencia remota: un vacío».
- “Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo”.
- «La soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos».
- “Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo”.
- “Entonces sacó el dinero acumulado en largos años de dura labor, adquirió compromisos con sus clientes, y emprendió la ampliación de la casa”.
- «El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad».
- «Ella encontró siempre la manera de rechazarlo porque aunque no conseguía quererlo, ya no podía vivir sin él».
- “En realidad no le importaba la muerte, sino la vida, y por eso la sensación que experimentó cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensación de miedo sino de nostalgia”.
- “De eso vivía. Le había dado sesenta y cinco veces la vuelta al mundo, enrolado en una tripulación de marineros apátridas”.
- “Se prometían establecer un criadero de animales magníficos, no tanto por disfrutar de unas victorias que entonces no les harían falta, sino por tener algo con qué distraerse en los tediosos domingos de la muerte”.
- «Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte».
- “Pero no olviden que mientras Dios nos dé vida, nosotras seguiremos siendo madres, y por muy revolucionarios que sean tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto”.
- “Como todas las cosas buenas que les ocurrieron en su larga vida, aquella fortuna desmandada tuvo origen en la casualidad”.
- “Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre”.
- «Tenía la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno».
- “En un instante descubrió los arañazos, los verdugones, las mataduras, las úlceras y cicatrices que había dejado en ella más de medio siglo de vida cotidiana, y comprobó que esos estragos no suscitaban en él ni siquiera un sentimiento de piedad. Hizo entonces un último esfuerzo para buscar en su corazón el sitio donde se le había podrido los afectos, y no pudo encontrarlo”.
- “Abre bien los ojos. Con cualquiera de ellos, los hijos te saldrán con cola de puerco”.
- “El mundo se redujo en la superficie de su piel, y el interior quedó a salvo de toda amargura”.
- «Demasiado tarde me convenzo que te habría hecho un gran favor si te hubiera dejado fusilar».
- “Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convalenciente para celebrar la escamapada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento”.
- “Había tenido que promover treinta y dos guerras, y violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad”.
- “La última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años”.
- «El llanto más antiguo de la historia del hombre es el llanto de amor».
- «Nadie debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años».
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